Pascual Harriague y el Tannat

PATRIMONIO INMATERIAL, PERSONALIDADES

HarriagueEl pionero

El comienzo y posterior desarrollo de la vitivinicultura en Salto –y por qué no decirlo en el Uruguay- están unidos al nombre de Pascual Harriague; ciudadano francés, inteligente y laborioso que llegó a nuestro país en 1838, cuando contaba diecinueve años de edad. Después de trabajar dos años en el sur del país, vino a Salto en 1840.

“…En el año 1860, hizo sus primeros ensayos en su quinta particular con plantaciones de uva criolla, suponiendo que la uva de esta clase de vid produciría en tan buena tierra, el vino que en su juventud había cosechado y bebido en casa de sus padres. Este ensayo, repetido algunas veces, no dio el resultado esperado.

Algunos años más tarde, en 1874, un amigo y paisano llamado Lorda, establecido en Concordia (Argentina) le cedía algunas plantas de la cepa Tannat, uva que había traído de su país. Harriague las ensayó con fe,  obteniendo entonces el resultado que perseguía desde tantos años.

tannat

 

Un año después extendió las plantaciones y en diez años alcanzó las cuarenta cuadras en producción. La cepa Tannat que había triunfado se la reconoció localmente como “la uva Harriague”.

 

Para aprovechar el tiempo y el servicio de sus peonadas, plantó también más de tres mil árboles frutales, naranjos, perales, etc., que hoy forman una hermosa quinta de recreo y producción.

Las bodegas de este establecimiento las empezó a construir en el año 1982. Dos años más tarde hubo necesidad de ampliarlas y fueron terminadas en el año 1889.

Prestigio.

En 1885, los viñedos de Harriague, ya gozaban de gran renombre; así lo hace saber el Coronel Teófilo Córdoba en el informe que a fines de ese año enviara al Presidente de la República, Coronel Máximo Santos.

“Establecimiento vinícola – Importante establecimiento situado sobre la costa del Río Uruguay, distante un media legua al sud del puerto y Ciudad del Salto. Su propietario es el acaudalado y progresista vecino del departamento Don Pascual Harriague, quien después de doce años de ensayos y de un trabajo constante y laborioso, ha conseguido obtener un resultado de importancia en el cultivo de la uva.
La extensión de este establecimiento es de  cuarenta cuadras y hay en él unas ciento cincuenta mil plantas para beneficiar con más ochenta y cinco mil con raíz, puramente para la venta si hubiera interesados.
La cosecha del presente año ha sido de noventa bordalesas. La clase de vino tinto es de muy buen paladar, de doce y medio grados alcohólicos y tipo Burdeos. El vino blanco es también excelente. En cuanto a los terrenos está evidentemente demostrado que son inmejorables para la viña. La producción es abundante y sus resultado incomparablemente mejores que los de las cosechas Europeas, habiéndose hecho hasta hoy ocho cosechas consecutivas sin alteración en la cantidad.”

 

Otros pioneros vinícolas.

A medida que pasaban los años, los cultivos de Harriague y su establecimiento vitivinícola, iban adquiriendo mayor importancia y jerarquía. Varias personas lo imitaron, surgiendo así nuevas y numerosas plantaciones. El lugar preferido por la calidad de sus tierras, fue la Colonia de San Antonio. Entre los que allí plantaron mencionaremos el Sr. Auguste Clavé, otro francés, quien plantó en 1887 una extensión de setenta y cinco hectáreas.

Posteriormente lo hicieron los Sres. Mariano Balzani y Vicente Pierre –médico uno y comerciante el otro- quienes cubrieron de cepas cincuenta y cuatro hectáreas.

La firma Moo, Salterain y Delgado hicieron lo mismo en una granja de treinta y nueve hectáreas.

La granja “Bella Vista”, de los señores Cañizas y Antía, antiguos negociantes de maderas, sobrepasó a las otras con su extensión de cien hectáreas de viñas.

Estas son algunas de las muchas plantaciones de este tipo que se formaron en Salto, pues se llegó a contar con más de noventa granjas entre grandes y pequeñas.

Podemos decir que el trabajo del señor Harriague no solo fue ejemplo para el departamento, sino que trascendió sus fronteras, es así que las cepas por él plantadas marcharon al sur del país a formar los viñedos de Montevideo, Canelones, etc.

Viñedos Harriague : trabajo, fe y constancia

Un periodista que visitara la granja de Don Pascual Harriague en enero de 1892, realizó posteriormente un comentario en el que nos muestra no solo la trascendencia alcanzada por el citado  establecimiento, sino que además nos permite percibir la personalidad de quien fuera y es: “el padre de la vitivinicultura en el Uruguay”. Esto es parte de dicho comentario:

“…Algunas veces se vio contrariado en sus esperanzas, pero sin embargo con mil trabajos y estudios cultivó la vid. Obteniendo provechosos resultados solamente después de haber dedicado muchos años a ensayos que podrían creerse estériles.
Luchaba sin cesar, se le veía contraído en absoluto en su trabajo predilecto y solo con esa fe y esa constancia logró que a un mezquino rendimiento se sucedieran cosechas medianas que han ido en aumento hasta el punto de que hoy por hoy los resultados no pueden ser más positivos”.
“…La siembra vitícola del Sr. Harriague se compone hoy (1892) de unas ciento ochenta cuadras de viñedos plantados de uva blanca y negra de numerosas calidades, las cuales este año se calcula producirán tal vez mas de 3.000 bordalesas de vinos excelentes y perfeccionados en algo grado”.

Podemos agregar a esto que varios fueron los obstáculos que tuvo que vencer Don Pascual Harriague. Pestes como la filoxera y la langosta entre otros, fueron los peores enemigos contra lo que tuvo que luchar.

A causa de ello, se fueron terminando muchos de los otros hermosos viñedos que aquí se habían formado y que también se iniciaron con gran entusiasmo.

Pero Don Pascual, nuevamente perseverante, logró triunfar, abriendo al porvenir una fuerte de riqueza que luego constituyó un verdadero orgullo para esta región.

A su esfuerzo también se debe que, aquella bodega primitiva, estrecha, modesta, fuera ampliándose poco a poco adquiriendo en 1890 las proporciones de primer establecimiento de su género en el Uruguay y uno de los más importantes de América del Sur.

“… Durante el período de sus afanosas tareas, tuvo la satisfacción de recibir algunas compensaciones y premios.
En el año 1888, recibió del Superior Gobierno de la República, medalla de oro y más de dos mil quinientos pesos en efectivo, por ser el primer viticultor que, al norte del Río Negro, no solo había resuelto el gran problema vitícola, sino que había llenado con exceso las condiciones establecidas por el Superior Gobierno para merecer el premio acordado. En el mismo año 1888, en la Exposición Universal de Barcelona, recibió medalla de plata por sus vinos y en 1889, en la Exposición Universal de París, recibió dos medallas, una de planta y otra de bronce y un título, mención honorífica por sus vinos, cognac y oros artículos”

Don Pascual Harriague cuya obra fue y continúa siendo ejemplo, falleció en Francia donde había ido a buscar alivio a sus dolencias, en enero de 1894.

LA BODEGA HARRIAGUE

“… La bodega estaba constituida por un gran edificio de ochenta y cinco metros de largo por veinticinco de ancho. En sus sótanos a una temperatura fresca, con verdadero lujo de ventilación sin exceso, se hallaba la bodega propiamente dicha, con todo el vino elaborado, que iba haciendo en el descanso su mérito. En la parte alta, amplísima, con piso de madera, tenían colocación las prensas, trituradoras y demás maquinarias llamadas a iniciar la elaboración.

Ocho grandes aberturas y una serie de ventiladores movidos por un motor daban luz y aire a esa sección que, en la época de labor, con tanta gente trabajando, tanto movimiento, tanto detalle de ruidos y funciones coordinadas, presentaban el aspecto animado de una gran fábrica.

Al borde del piso estaban las bocas de las grandes cubas, que en número de treinta y cinco se hallaban perfectamente enfiladas. En ellas se hacía la fermentación. Había diecisiete con capacidad para veinte mil litros cada una y el resto de cinco a seis mil litros. El precio de las primeras era de cuatrocientos pesos cada una y ello dará una idea del capital empleado solamente por ese concepto.

Para el mismo fin había doscientos bocoyes, pues hubo alguna vez en que por razones de técnica, se prefería hacer la fermentación especialmente en ellos.

El número parece todavía poco con esos doscientos cincuenta recipientes, algunos de proporciones colosales, del tamaño de una habitación. Y parece poco porque debemos añadir cinco mil bordalesas llamadas a contener los vinos una vez destinados a la venta.

 

El incendio

El 28 de diciembre de 1910 sucedió lo inesperado. Un voraz incendio redujo a cenizas el más viejo e importante establecimiento industrial de Salto.

Cuando la gente empezaba en esta ciudad a salir a las calles por la noche, congregándose en los cafés, etc., empezó a circular la noticia de ese incendio. Muchos la recibían con incredulidad atribuyéndola a una broma del día de los inocentes. Pero, persistió tanto, que muchas personas buscaban puntos dominantes para observar, no tardando en convencerse de que aquello era cierto.

En medio de la oscuridad de la noche, hacia el lado sur, se divisaba como una gran hoguera que iba aumentando rápidamente sus proporciones. Aquello parecía un volcán en plena actividad.

Enseguida comenzó un inusitado movimiento de carruajes y automóviles, de la gente que acudía a presenciar el espectáculo. Era tal el impulso de la curiosidad, que a las nueve de la noche en las cocherías de Salto no quedaba un solo carruaje disponible para trasladarse a aquel punto. Mucha gente se trasladó a pie.

La primera manifestación del fuego

Eran las siete y media de la noche y casi todo el personal del establecimiento estaba, cuando se oyeron toques de campana y la gente, extrañada, salió para averiguar lo que ocurría. Se vio que por las ventanas de las habitaciones contiguas a la bodega, ocupadas por el director de la granja, señor Pons, salían grandes llamas y una densa nube de humo. Ya el fuego había tomado cuerpo, pero todos los empleados se aprestaron para combatirlo y apoderándose de baldes comenzó la tarea, al mismo tiempo que se avisaba a la policía de la sección y ésta telefoneaba a la Jefatura Política.

El Oficial Primero Don José L. Gomensoro, el Juez de Feria Don Carlos H. Matta, el Actuario Don Constantino Piacenza y el Comisario de Órdenes Don José P. Darizcuren, se trasladaron al lugar del suceso. También acudió el Comandante Militar, Coronel Teófilo Córdoba que adoptó algunas oportunas medidas.

Cuarenta hombres del 4º de Cazadores al mando del Teniente Baigorria, la Policía del Saladero, el personal del establecimiento y numerosos vecinos trabajaron denodadamente combatiendo el fuego.

Un mar de vino

A los pocos instantes de comenzar el incendio, empezaron a agrietarse y a reventar los cascos. El vino se derramaba primero lentamente entre las rendijas de los recipientes y luego furioso, a torrentes, inundando el edificio.

Imposible describir aquel cuadro: parecía una orgía del fuego y como si cobrara vigor iba desarrollándose con mayor ferocidad. Aquello asomaba ribetes de escenas dantescas al contemplarse la obra destructora, rápida, colosal, la desesperación de los hombres fatigosos que pugnaban por vencer el fuego, el crujir de las maderas al sentir la acción del voraz elemento, el caer crepitoso de los tirantes carbonizados entre las chapas de zinc, que concluían por producir un ruido infernal.

Muy pronto todos lo recipientes descargaron su contenido y las brasas cayendo sobre el vino se apagaban levantando pequeñas nubes negruzcas con un olor de vino quemado, un repugnante vaho, más tarde, que trascendía a dos cuadras y mareaba.

Algunos hombres arrojaban el vino a baldes sobre los puntos donde se propagaba el fuego y otros concentraban su acción heroica a evitar que las llamas se comunicaran al departamento de destilería, el más peligroso, que amenazaba ruidosas explosiones con los cuatro mil litros de alcohol rectificado que tenía allí almacenado.

Un millón trescientos mil litros de vino fue lo que aquella noche se derramó dentro de aquellas cuatro altas paredes.

A falta de agua a mano, el vino sirvió para secundar la tarea de sofocar el incendio. El caso fue único en su género, pues no se sabe que el vino haya sido empleado en lugar de agua para apagar un incendio.

Por lo original parece novelesco e inverosímil. Y era aquello una arteria del organismo salteño que desangraba incontenible y que iba a concurrir a la debilitación de ese miembro de riqueza de esta zona; que quien sabe si podrá de cobrar la plenitud de su vigor y la grandeza que había alcanzado a costa de tantos años, de tantos esfuerzos, de tanta lucha y de tanto capital”.

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Fuentes consultadas: “Vida Rural” – Año 2 N° 15 – 1924 Revista de la Asociación Rural del Uruguay. “La Prensa”, martes 26 de enero de 1892. “Vida Rural” – Revista de la Asociación Rural del Uruguay, Año 2 Nº 15 – 1924. “La Prensa”, 29 de diciembre de 1910. Libro El Salto de Ayer y de Hoy.

 

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